Fiesta en la que alumbró el fuego del Eterno en los días de Matitiahu (Matatías), hijo de Yojanán el Sumo Sacerdote, el Jashmonaí y sus hijos, cuando el malvado reino helénico se levantó contra el pueblo de Israel para hacerles olvidar la Torá y violentar los decretos de su voluntad.

 (Juan 10:22)

22 Celebrábase en Jerusalén la fiesta de la dedicación. Era invierno.

Hace más de 2000 años, hubo una época en que la tierra de Israel formaba parte del Imperio Sirio, siendo gobernada por la dinastía de los Seléucidas. Antioco III, rey de Siria, estaba en guerra con el rey Tolomeo de Egipto por el dominio de la tierra de Israel.

Antioco III resultó vencedor en la batalla y anexó la tierra de Israel a su imperio. Al comienzo de su reinado se mostró favorablemente dispuesto hacia los judíos y les acordó ciertos privilegios.

Más adelante, sin embargo, cuando fue derrotado por los romanos y éstos lo obligaron a pagar elevados gravámenes, la pesada carga recayó sobre los diversos pueblos que conformaban su imperio, a los que obligó a proporcionarle el oro cuyo pago le habían impuesto los romanos. Tras la muerte de Antíoco le sucedió en el trono su hijo Seleuco IV, quien oprimió aún más a los judíos.

A las dificultades externas debían sumarse los peligros que amenazaban al judaísmo desde su fuero interno. La influencia de los helenistas (aquellos que aceptaban la idolatría y la forma de vida de los sirios) iba en constante aumento.

El Sumo Sacerdote Yojanán entrevió la gravedad del peligro que significaba para el judaísmo la penetración de la influencia de Siria en Israel. Ello, debido a que, contrariamente al ideal de belleza exterior que idolatraban los sirios, el judaísmo sustenta el ideal de la verdad y la pureza de orden moral, colocándolo por encima de cualquier armonía física y material, tal como lo ordena el Eterno en Su sagrada Torá.

El pueblo judío jamás podrá renunciar a su fe en el Eterno, para aceptar la idolatría de los sirios y los griegos. Por eso, Yojanán se oponía a todo intento por parte de los helenistas en introducir las costumbres griegas y sirias en su territorio. Indudablemente, tal enérgica oposición debía, tarde o temprano, devenir en algún desastre. Y así fue: los helenistas lo aborrecían, y uno de ellos informó al comisionado del rey que en el tesoro del Beit Hamikdash (Templo de Jerusalén) había gran cantidad de riquezas.

Seleuco necesitaba dinero para pagar a los romanos y éste estaba en el Templo. Sin pensarlo muy detenidamente envió a su ministro Heliodoro a retirar el dinero del tesoro del Templo. Poco tiempo después, Seleuco fue asesinado, y su hermano Antíoco IV comenzó a reinar en Siria. 

Antíoco IV era un tirano de carácter arrebatado e impetuoso, desdeñoso de la religión y de los sentimientos ajenos. Fue llamado “Epitanes”, que quiere decir “el amado de los dioses”, tal como varios reyes sirios recibieron títulos semejantes. Sin embargo, un historiador de aquella época, Polibio, le aplicó el mote de “Epitanio” -que significa “loco” – como más apropiado al carácter del despiadado y cruel monarca.

En su deseo de unificar a su reino mediante la implantación de una religión y una cultura comunes para todos sus súbditos, Antíoco trató de desarraigar el individualismo de los judíos al reprimir todas sus costumbres.

En Jerusalén había cundido el rumor de que Antíoco había sufrido un grave accidente en la batalla y al creerlo muerto el pueblo se rebeló contra Menelao. El traicionero Sumo Sacerdote se vio obligado a huir junto a sus amigos.

Antíoco regresó de Egipto furioso porque los romanos habían puesto trabas a sus ambiciones. Cuando se enteró de lo ocurrido en Jerusalén, lanzó todo su ejército sobre los judíos. Miles de ellos murieron.

Inmediatamente, dictó una serie de severos decretos contra los judíos en los que se les prohibió la práctica de su culto; en adición a ello, los pergaminos de la Ley fueron confiscados y quemados. El descanso sabático (Shabat), la circuncisión (Brit Milá) y las leyes del ayuno, fueron prohibidos bajo pena de muerte.

Un día, los secuaces de Antíoco llegaron a la aldea de Modiin, donde vivía el anciano sacerdote Matitiahu. Cuando el oficial sirio mandó construir un altar en la plaza pública de la aldea y exigió a Matitiahu que ofrendara sacrificios a los dioses griegos, éste replicó:

“¡Mis hijos, mis hermanos y yo estamos decididos a permanecer fieles al pacto que el Eterno hizo con nuestros antepasados!” 

Antes de morir, Matitiahu reunió a sus hijos y los instó a continuar la lucha en defensa de la Torá del Eterno. Les pidió que siguieran los consejos de su hermano Shimón “el Sabio”, y que en la lucha reconocieran como jefe a Yehudá “el Fuerte”.

Yehudá era llamado “El Macabeo”, palabra compuesta por las primeras letras de las cuatro palabras hebreas “Mi Camoja Ba’elim Hashem” (¿Quién es como Tú entre los poderosos, oh Elohim?).

Antíoco envió a su general Apolonio para eliminar a Yehuda y a su gente, los Macabeos. Aunque estos superaban en número y en equipo bélico a sus adversarios, los sirios fueron derrotados por los Macabeos.

Antíoco despachó entonces otra expedición, la que también fue derrotada. Finalmente comprendió que solo con un poderoso ejército podía aspirar a derrotar a Yehuda y a sus bravos combatientes.

Un ejército de más de 40.000 hombres recorrió el territorio bajo el mando de dos comandantes: Nicanor y Gorgiash. Cuando la noticia llegó hasta Yehuda, éste y sus hermanos exclamaron: “¡Luchemos hasta la muerte en defensa de nuestras almas y de nuestro Templo!”

El pueblo se reunió en Mizpá (lugar donde antaño el profeta Samuel había elevado sus preces a Elohim). Al cabo de una serie de batallas, la guerra fue ganada por los Macabeos.

Los Macabeos regresaron a Jerusalén y la liberaron. Entraron en el Templo y lo limpiaron de los ídolos colocados allí por los vándalos sirios.

Yehudá y los suyos erigieron un nuevo altar y lo consagraron en el vigésimo quinto día del mes de Kislev del año 3622 (138 antes de la E. C).

La Menorá (Candelabro de oro) había sido robada por los sirios, por lo que los Macabeos hicieron una nueva de un metal menos noble. Cuando quisieron encenderla, solo encontraron una pequeña redoma de aceite puro de oliva que continuaba cerrada con el sello del Sumo Sacerdote Yojanán. Este alcanzaba solo para un día; pero por un milagro del Eterno, siguió ardiendo durante ocho días, hasta que se pudo elaborar más aceite.

El milagro demostró que el Eterno había tomado nuevamente a Su pueblo bajo Su protección. En recuerdo a este milagro, nuestros sabios fijaron como festividad los ocho días de Janucá, constituyéndose éstos en ceremonia anual de agradecimiento eterno por medio del encendido de las velas.

Ministerio Mesiánico de Salvación La Sangre de Yeshua
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